Los desplegados mundos de Juan Emar

Un demonio es un ser espiritual de naturaleza angelical condenado
eternamente.

J.A. Fortea

Hay mucho que decir acerca de “Papusa”, uno de los cuentos de Juan Emar que forman parte de su gran obra literaria que tituló “Diez”, y a la que añadió el subtítulo “Cuatro animales. Tres mujeres. Dos sitios. Un vicio.”, que el autor publicara en Santiago de Chile en 1937.

Mi primer acercamiento a la obra cuentística de Juan Emar ocurrió mientras leía la monumental “Antología de Cuento Hispanoamericano” de Fernando Burgos; en esta obra hizo bien el compilador en incluir el cuento “El pájaro verde” de Juan Emar. Un texto tan irónico como divertido, que narra un fragmento de la vida disoluta de un joven chileno en París (llamado también Juan Emar, fundiéndose personaje con autor), que tiene que regresar a su pueblo natal por orden de su tío, quien le solventaba los gastos y que pensaba meter en cintura al jovenzuelo. El joven va de vuelta a su patria, y se lleva consigo el disecado pájaro verde que sus amigos de francachela le habían regalado.
Desde la primera vez que leyera este cuento, supe que era material para leerlo una y otra vez en el Taller de Apreciación Literaria que imparto desde el año 2003. Yo sumaba este cuento a otros textos similares que me atrapaban por su resuelta violencia ficcionada, como las novelas “Luna caliente” de Mempo Giardinelli, “El túnel”de Ernesto Sábato, esa joya literaria que es “Yoescarabajo” de Alfonso Anzures Alcalá, “Las cavas del vaticano” de André Gide, o “Historia del ojo” de Georges Bataille, que junto al cuento “Capítulo XXX” de Mario Levrero, daban evidencia del narrar sucesos de la violencia humana, con una fuerza llena de ironía, y escritos con tal naturalidad que movían a risa, a una temerosa risa de parte del lector.

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Fue por ello que me dediqué a rastrear en la internet la obra de Juan Emar, seudónimo de Álvaro Yañez Bianchi (1893-1964); y paulatinamente llegué a encontrar la joya tantos años perseguida, el cuentario “Diez”. Enseguida tuve que atesorarlo, volví a las relecturas, una y otra vez, de “El pájaro verde”; luego casi pierdo la cordura, y el habla, al constatar la terrible abundancia del lenguaje de que era propietario el autor, al leer ese texto tan rápido que es “Maldito gato”, en el que el autor hace un alarde de narración con un cúmulo de imágenes poéticas, párrafo a párrafo: “un sol tibio de rayos aterciopelados”, que son puestos en equilibrio con fundamentos lógicos y científicos: “No tuve la ocurrencia –cosa que cualquiera se explicará- de proveerme de un termómetro, por lo cual me fue imposible verificar qué grado exacto marca esa atmósfera deleitosa”.

Pero quiero detenerme en el cuento titulado “Papusa”, que es parte del apartado “Tres mujeres”: “Desde Belcebú, por línea recta, viene rodando, a través de todos mis antepasados, un ópalo”. Esta es la primera línea del cuento; como pueden constatar el texto inicia con fuerza, y marca ese tono esotérico con el que se encuentran escritas obras como “Las Bodas Alquímicas de Christian Rosacruz” atribuido a Juan Valentín Andreae, que inicia su obra de esta forma: “Una noche, algo antes de Pascua, estaba sentado a la mesa y, como tenía por costumbre, conversaba con mi Creador en humilde oración”. Como pueden notar, el tono que usa Juan Emar para su texto es similar; ese primer párrafo continúa de la siguiente manera: “Hace largos años llegó en su rodar a mí, pues todo mi linaje había bajado a la tumba y Belcebú no se presentaba de siglos atrás por la Tierra.”

Podemos recordar en el Libro de Job lo siguiente: “Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.» Y Yahveh dijo al Satán: «¿No te has fijado en mi siervo Job?”. Al parecer el Belcebú de Juan Emar dejó de pasearse por la tierra. Hay que ser conscientes de que el ópalo que llega hasta nuestro personaje viene a él desde Belcebú.
El siguiente párrafo no sólo mantiene el tono del cuento, sino que da aún mayores pistas en la construcción que Juan Emar hace de su personaje: “Cuando mi padre desde su ataúd me lo alargó, estiré mi mano izquierda por entre los cirios que lo rodeaban y, apenas sentí que lo depositaba en ella, lo cubrí con la derecha para que nada de la atmósfera de las flores y el cadáver fuese a guardarse en sus reflejos tornasoles y marchase a casa junto a mí”.

Sabemos que la mano izquierda es la mano más cercana al corazón, y nos quedamos pensando en este personaje que nos cuenta que desde su ataúd, su padre, le entregó la gema; el padre estaba siendo velado, estaba muerto cuando le hizo llegar la pertenencia familiar, y el protagonista de esta historia lo guarda con mucho cuidado, aceptando tenerlo a su resguardo. ¿Y cómo no? Dentro de ese ópalo vive un mundo entero, con zares, obispos, esclavos, juglares, espectros, gacelas, y hembras entre las que destaca Papusa.

Asistimos durante la lectura del cuento a la creación de un mundo dentro del mundo literario que se nos va contando: “dirigiendo mi vista sobre él, púseme a contemplar su profunda y misteriosa vida interior”. El mundo que vive dentro del ópalo que su padre le entrega al protagonista logra abstraerlo, y a nosotros también por la historia que sucede en su interior. El juego del simbolismo que el autor recrea en su texto es de un sabor agradable para el intelecto. Los tres momentos de espera (las tres negaciones de Pedro, los tres días para reconstruir el templo) que ocurren durante la escena, hasta que el Zar Palemón le ordena al obispo que la suelte: “El obispo alzó sus hábitos que subieron desde el suelo crujiendo, hundió su mano por entre las sedas de su vientre y sacó y remeció y echó a tierra y mostró a todos los ojos, el cuerpo suave de Papusa”.

Papusa (que no deja de referirnos a una de aquellas Papisas de las que tanto se ha escrito) saliendo desde el vientre, desde las ropas del Obispo, es un enorme simbolismo, de cómo la religión tiene secuestrada a la mujer, pero no a cualquier hembra humana, sino a la mujer joven, erótica, sensual (de cuerpo suave). A otra orden del Zar, el obispo la patea y la lanza en medio del salón. Entonces ocurre aquel cuarto momento de espera (los espectros tiemblan), con el que Juan Emar rompe e inaugura otro símbolo, la liberación: las gacelas corren al encuentro de la piel desnuda de Papusa (es sólo una hermana), que ha sido echada a tierra, ha sido lanzada al centro de la reunión (clavada por millares de ojos), frente a la Ley (el gobierno del Zar) y la Religión (los obispos), pero “Papusa sonríe apenas”. El Zar indica a un cortesano que tome a Papusa, quien “se tiende y se abre”; pero el cortesano y la corte toda no logran avanzar, dice el autor. El Zar envía ahora a un bufón:

“Papusa sonríe vagamente y su pequeña sonrisa se mece dulce y pura, envolviendo primero el cuerpo del bufón, elevándose luego, atravesando la esfera, errando por fin a lo largo de las paredes de mi cuarto.” El autor hace que Papusa, o su imagen, su esencia, salgan del ópalo y corran a través de las paredes del cuarto del protagonista, que ahora coge una lupa para mirar más de cerca la escena, el acto sexual entre el bufón, enclenque y jorobado, sobre Papusa: “Veo entrelazarse con el humo gris carbón el máximo placer que al hombre le es dado. El placer del cuerpo entero. El placer de venganza, de reivindicación… cuando se es deforme, mostruoso y yace bajo si la belleza, la adolescencia, iPapusa!” Pero el autor nos cuenta que Papusa no siente nada de goce en esta entrega, pero tampoco horror por estar siendo poseída. El protagonista se pregunta qué sucede, y un espectro de los que se encuentran dentro del ópalo le contesta:

“Los humanos vinieron sin sexo. Luego los sexos cayeron en ellos, se incrustaron, e incrustados –vivieron su propia vida nutriéndose de la sangre y las ideas de los humanos.” Y entonces uno suelta el cuento y dice: ¡Wow!, pero mirad la genialidad a la que nos ha conducido el pensamiento de Juan Emar, en el año 1937. Los humanos vinieron sin sexo. Otra historia dentro de la historia. Ya no solo se trata del simbolismo esotérico dentro del texto, sino que se va caminando dentro de la filosofía. Yo ahora levanto mis ojos del teclado, reflexiono en las más de 150 niñas y mujeres que fueron violadas y abusadas por un médico de la selección de gimnasia olímpica en los Estados Unidos de América, y me quedo con esa frase: “Los humanos vinieron sin sexo”. Ya lo había reflexionado en infinidad de ocasiones. El sexo es apenas eso que nos une a los animales, esos estímulos que causan placer. He disertado anteriormente sobre la grafía, como aquella convención cultural para representar los sonidos (fonemas) del lenguaje en que nos comunicamos, y que nos pone por encima de los demás seres vivos. Es el lenguaje escrito la diferencia, a lo que ha llegado nuestra inteligencia en sus diferentes lenguajes escritos: la música, el brialle, las matemáticas, el código morse, y todos los alfabetos. Volvamos al cuento de Juan Emar. ¿Qué función tienen los espectros en el universo metido dentro del ópalo? Los espectros en ese mundo y en nuestro propio mundo son los registros de aquellos que nos precedieron. Nuestros espectros pueden ser nuestros propios libros, es por los libros como nos continúan hablando los escritores de otras épocas. Nuestros queridos espectros. “El sexo nutriéndose de las ideas de los humanos”, y piense usted en las ideas del amor y el sexo, como también en todas esas ideas que cruzan la mente de un depredador sexual. “El sexo nutriéndose de la sangre de los humanos”, y la sangre no es otra cosa que la pasión, es pasión que aquellos que apenas entrevén su naturaleza animal tanto festejan en la carne. De esta manera Juan Emar nos muestra, dentro de su cuento, la diferenciación entre sangre e ideas, que son afectadas de formas muy diferentes por el sexo, y añade para dejarlo demostrado que forman una: “Simbiosis casi eterna que el hombre se niega a reconocer.”

El discurso del espectro de la narración nos habla incluso de que algunos seres humanos logran desconectar esa simbiosis entre sexo e ideas, pero casi nunca entre sexo y sangre (pasión): “Entonces los sexos pueden seguir viviendo su propia vida, nutriéndose tal vez con un poco de sangre, siempre; mas sin alcanzar a hacer de ninguna idea su presa”. Papusa no logra ser derrotada ni por el joven ni por el monstruo jorobado que le ha enviado el Zar, porque es una mujer que ha logrado separar su sexo de su inteligencia. El Zar no puede soportarlo. Cifra sus esperanzas en que el traumatismo, los golpes, la opresión, reintegre el sexo a la personalidad de Papusa, y de ese modo poder manipularla, manejarla, doblegarla. El espectro nos lo deja muy claro. (Piense ahora usted, querido lector, en todas aquellas mujeres que siguen siendo manipuladas con base en los golpes, en el miedo, en la culpa, con la finalidad de doblegarlas). Al final, al ver que no puede anudar el sexo a la mente de Papusa, el Zar manda a los perros a que la destrocen.

¿Qué son los perros en este cuento, en la tradición, en la significación del poder? Los perros que corren y van causando terror a todos los cortesanos que huyen, haciéndose a un lado, esos perros que van y obedientes, corren hacia ella para someterla. Esos perros que cuidan la entrada del infierno, canes de tres cabezas, nos dice la tradición, enfrentados con la humanidad sin sexo, enfrentadas con la mujer. El miedo que la mujer causa en los gobernantes, en las religiones, que unidos han buscado someterlas.