Los gatos

Ahí están de nuevo esos gatos que hacen que me preocupe en que la puedan hacer caer mientras ella va caminando y ellos van enredándose entre sus piernas. Pero creo que María anda como inconsciente de la existencia de los gatos, no siente como le pasan esos pelos finísimos por las pantorrillas, no escucha los maullidos que le suben por las piernas, ya es algo vieja y deben ya de estar fallándole los oídos. María que de joven escuchaba todo, el ruido de mis tripas cuando tenía hambre aunque yo intentaba ocultarlo arrastrando los pies, el sonido que hace el telón de la lluvia cuando se va acercando desde lejos y las pisadas de los gatos vagabundos sobre el tejado, eso gatos que cazaban las lagartijas escondidas debajo de las tejas y que ella asustaba con la escoba para que no dejaran sus huellas en la ropa tendida o no le destrozaran los macetones de flores que colgaba de las vigas.

Creo que ahora ha llegado a una especie de tregua con ellos, que ahora la andan siguiendo por todas partes, se le atraviesan en el camino como para hacerla caer, juegan con su trenza mientras ella se queda dormida de ratos en el sillón, andan por arriba de la mesa comiendo del plato de ella, suben a la estufa para tirarles las tapas a las ollas y comerse la comida, entran todos ellos por la ventana, pasan saltando sobre mí, un pobre lisiado, pasan saltando sobre esta cama dónde estoy recostado sin poder moverme, algunos de ellos me miran por un instante, como dudando y acaban por meterse cayéndome en el estómago, la casa se inunda de la lluvia de sus maullidos que llegan desde todas partes, desde el patio hasta el baño, no han dejado un rincón de la casa sin impregnar del olor de su orina, ya han cagado todas las sabanas del ropero y siempre que María cambia las sabanas parecen ser las mismas con ese hedor insoportable. Pero ella no escucha nada, no huele nada, sigue comiendo tranquila sola en la mesa, sola con esos gatos que beben el caldillo de los frijoles de su plato, por eso a veces me niego a comer, hago la boca a un lado cuando ella acerca la cuchara o un pedazo de tortilla con frijoles porque sé que toda la comida ya la han probado ellos y entonces ella se molesta conmigo.

Cada vez llegan más, entrando por la ventana, llegan como para sustituir a los que se van muriendo en los pasillos y nadie levanta, María pasa a su lado sin notarlos, sin advertir todo ese olor a muerte que ha llenado la casa. Emergen desde los cristales de la ventana, van tomando forma felina, densidades de luz en forma de gatos que he ido llamando sin querer. En forma de gatos extraviados, que han dejado algún callejón o una casa sin su presencia, dejando a sus dueños tristes para entrar por la ventana del cuarto, bien todos estos gatos podrían haber llegado de una callejuela de Paris o Chile y también de ninguna parte. Algunos tienen cara de venir de tan lejos.

Muchas veces los gatos se pelean y son unas revolcaderas colosales que siempre terminan sobre mi cama, arañándome el rostro y yo saco fuerzas de mi cuerpo enflaquecido para intentar asustarlos pero sólo consigo caer al suelo, jadeante por el esfuerzo, entonces llega María para intentar levantarme pero su cuerpo ya está agotado y tiene que llamar al vecino para levantar a este viejo inútil. Los dos ven siempre mi cara de pánico y se me quedan mirando como preguntando “¿qué?” y yo apenas muevo la lengua e intento hablarles con los ojos y las manos, y ellos siguen con la misma cara hasta que desde mi estómago hago nacer un maullido de gato agonizante y ellos voltean a todos lados y vuelven la mirada hacia mí con rostro y cara de “¿cuál gato?” No duermo por las noches por el escándalo de amores de los gatos, esos desgarradores aullidos que me alimentan el miedo y no puedo cerrar los ojos por estar mirando los pozos verdes de sus ojos paseándose por la oscuridad, esos espejos de agua que de repente se encienden como si alguien tocase con su dedo el agua de su superficie, ya acabaron de deshacer la tela de mi pabellón, le han abierto grandes boquetes saltando sobre él en las noches intentando ganarle a la gravedad aferrando sus garras en la tela. Duermen todos conmigo, sus peludos cuerpos son fríos y sus ronroneos me espantan el sueño, uno de ellos se recuesta sobre mi pecho y me lame la cara hasta que se duerme pegando su fría nariz en la punta de la mía y nadie lo ve. Nadie los ve.