La puntualidad perdida.

Primero revisas y preparas la lectura que harás a los asistentes. Luego llegarás puntual a la clase y empezarás a tiempo, con los que hayan llegado puntuales como tú. Leerás con calma el texto escogido, y les pedirás a los asistentes su opinión de lo escuchado. El éxito de la actividad radica en que todos lleguen puntuales, escuchen la lectura, y participen dando su opinión.
La opinión de todos será siempre la búsqueda. En el taller literario lo aplicamos a conciencia. Cada que un autor lee una obra propia, realizamos la misma actividad, la lectura, y luego la ronda de opiniones. Una tristeza cuando ante cada texto leído algunos asistentes, generalmente los que asisten, por vez primera, solo brindan alabanzas. Cierto es que todo texto merece respeto porque antes no existía y ahora ha sido creado. Pero los textos son orgánicos, saben defenderse solos cuando el autor logra demostrarse a sí mismo que los textos le pertenecen a la sociedad, y él apenas ha sido el conducto para escribirlo, para plantearlo dentro de la hoja blanca.
Los textos tienen que vivir aparte, hay que permitírselo.
(Esos libros me han contado que no los lees. Que los compraste en la librería, que los hojeaste y que llegando a casa los acomodaste con mucho amor en los anaqueles de tus libreros, y que llevan años ahí. Se han burlado de ti diciendo: este lector no puede con nosotros, no se atreve siquiera a leernos). Los talleres no son clubes de amigos. Los talleres no son sitios para asistir a ligarse a la pareja. Esas cosas ocurren en cualquier grupo social, para qué permitírtelo en el taller literario, esa no debe ser la búsqueda.
Muchos he conocido que luego de asistir al taller literario no regresan, y llegan a mí comentarios: No volvió porque le destruiste su cuento para niños, porque le dijiste no a su poema, porque le corregiste su cuento. No volvió porque en casa de otro tallerista le sirven vino, queso, y lee sus textos y nadie le dice que están mal, al contrario, le dicen que sus poemas son exquisitos.
Cada quien su taller literario, y sus ganas de dedicarse a la literatura como una profesión, o apenas buscar el aplauso de mamá, del novio, de la novia, del posible amante.
¿Con qué objetivo escribes? Intentas escribir un buen texto, o buscas el pretexto para meterte a la cama de algún asistente del taller literario. La literatura es una profesión. Sigo riendo de la invitación a un taller que aclaraba: “Yo, el tallerista, te diré si tienes talento o no para escribir.” ¡Por Herman Hesse!, no paro de reírme de tal intención, de tal soberbia.

La literatura es un acto de comunicación. La literatura es un arma, es una posibilidad de entrar en contacto con los demás, de nuestra época y de pasados y de futuros. No escribimos exclusivamente para nuestro tiempo, escribimos para los lectores que vendrán alguna vez.
Escribimos basados en nuestras múltiples lecturas.
Leer, escribir, publicar. Leer, escribir, publicar, leer. Leer y siempre. Leerlo todo, que la vida se nos escape en las lecturas. El tiempo no nos alcanzará. Que los tiempos pasen para poner en su lugar a los poetas.
Leer es un acto de soledad, es un acto de disciplina. Ser disciplinado con la lectura, escuchar la voz interior que te dice escribe de esto que lees, escribe de esto que vives, escribe de esto que crees.
No escribamos exclusivamente para ver si nos ligamos a la persona que nos interesa. ¡Ya basta con las cartas de amor disfrazadas de poema!
Triste es escuchar o leer a una persona decir las maravillas de su pareja, si los textos de su pareja no se sostienen solos.
No se escribe reseñas para educar al lector, se escriben para compartir las ganas de leer.
Yo no necesito que alguien me diga si puedo ser escritor; pero sí apruebo que me digan en qué creen que está mal lo que he escrito. Uno dejará de intentar ser escritor cuando se de cuenta de que no logra acceder a la posibilidad de lo que busca al escribir.
Algunos somos excelentes lectores, y pobres escritores, porque tal vez no tenemos la disciplina para serlo.
No abandones tus ganas de querer ser escritor porque un tallerista te dijo que no tienes madera para serlo. Nadie es suficientemente perceptivo en la literatura para poder decir tal tontera.

Quien se dedica a decir quién es o no es escritor, en verdad que no ha aprendido nada de la literatura, nadie le ha enseñado para qué es que se necesita leer, para qué se escribe. Nadie le ha indicado cómo leer y por qué leer. No sabe disfrutar la literatura, no está enamorado de los libros. Tiene los libros en un altar, y no en el lecho, tiene a los escritores en una cumbre y no sentados junto a él, hablando con sus libros, hablando con cada uno de los autores.
Yo los invito a tener esa disciplina lectora, a fomentar ese deseo de saber, el deseo por aprender cada día más, de todo, de la célula, de la flor, de la mafia del poder y de la mafia literaria, de los malos escritores y de los buenos escritos.
Yo los invito a abrir los libros, a buscar en ellos las respuestas a muchos problemas tan repetitivos de la vida humana que ahí se presentan, en los libros que circulan por cada una de las librerías, que se descargan desde el internet.
Ningún taller es malo, ningún tallerista tiene la razón. La única verdad literaria que existirá será siempre la tuya.
Se puntual con tu propia vida. Se puntual con tu escritura, se puntual con tus creaciones. Valora tu oficio de escritor.